"Volé tal alto tan alto que le di a la caza alcance" (San Juan de la Cruz)

Autopsias
(por Jospaz- España)
Serpiente Blanca
(por mauricio bares)

Se supone que todos tenemos un tiempo

(por Xabier Campo- Donosti
)
Vivir es un gran trip
(por Ruben Bonet- Mexico)
Hojuelas sobre la cama
(por Guilermo Fadanelli-Mexico)
 
Treinta años esperándote
(por Belén Reyes- España)
Historias para no dormir la siesta
(por Domingo López- España)
¿Y tú por qué bebes?
(por Ana Ruth Estebas-Logroño )


Me pagan por mirar una pantalla
(por belén reyes)



Me pagan por mirar una pantalla.

Se supone que trabajo, se supone que estoy en una empresa seria. Se supone que tengo un proyecto, se supone. .
Levanto los ojos de la pantalla mientras mis dedos saltan por el teclado intentando describiros lo que veo. Veo extraterrestres . No se oye ni una mosca, apenas un leve ruido de yemas …y no de santa teresa.

Es muy importante poner cara seria de hacer algo.

(Si me vierais en este instante parecería que estoy embebida en mi trabajo. Acabas escribiendo versos, mandando mensajes de amor con cara de zombi sin una pizca de emoción, leyendo chistes sin descojonarte. Acabas así…acabas…)

Todo el mundo quieto pegado al ordenador, sólo se mueven los gerentes de un despacho a otro, las pisadas de la autoridad a mis espaldas me hacen minimizar la pantalla…las pisadas de la vida a mis espaldas me hacen minimizar el corazón.

Cientos de millones se invierten en proyectos que no sirven para nada...mientras el tercer mundo aúlla en los periódicos...Mi empresa se queda exactamente con la mitad de mi sueldo, se me encogen las tripas recordando las colas del paro. Hoy un compañero me ha dicho que por él pagan 15 millones al año, y cobra solo 3.

No quiero perderme en el mundo empresarial, quiero perderme dentro en el único paisaje que me devuelve a la vida, quiero perderme dentro donde la luz no es de Hidroeléctrica española. Va pasando la mañana mientras escribo, escribo por no reventar.

He olvidado tantas cosas…Me levanto a las 6 me lanzo a la M30 y llego al trabajo a las 7 cuando el guardia jurado bosteza.
Enciendo el PC, miro el correo, me leo el país, me leo la cartilla interna, (belén paciencia, hay gente que no tiene trabajo, da gracias por lo que tienes, actualiza tu web, bájate manuales de la red, aprovecha el tiempo…) ...

Pero el tiempo se aprovecha de mí, me chupa la yugular, me succiona las ganas , la ilusión. Se lleva mi juventud… El puto tiempo que jamas se detiene en los momentos hermosos, él no, él sigue aunque la vida nos pare, le importa un huevo saltar por encima de nosotros aunque le roguemos que nos espere, que una parada afectiva nos puede durar años, pero él sigue su curso, tan chulo y prepotente...Un día te despiertas del dolor, de la inmovilización, de la herida y te das cuenta que tienes 36, 50, 70 años y no sabes donde estas y no te reconoces...

Se supone que estoy trabajando , se supone..."
belen reyes



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Vivir es un gran trip
(por rubén bonet)

Vivir es un gran trip. lo siento por todos aquellos impelidos -como yo- a contar algo sobre nuestras absurdas existencias. en lo posible hay que pasárselo bien y disfrutar de la vida.

escribir es una rara manera de disfrutar la vida, lo admito. ni la extrema observación de los simulacros del presente ni los del pasado, ni el uso desenfrenado del acelerador de partículas hepático avalan que ahora esté yo aquí sentado contándoles todo esto mientras ustedes están allá -y son muchos allás desconocidos, inimaginables porque si no tendría también que imaginar sus rostros y sus manos y qué visten en este momento- leyendo esto: quizás, sentados en un sofá, en una silla, o en la cama que es donde mejor se lee, o en el metro, o caminando,...many ways. todo eso depende de los hábitos de lectura de cada quien.

y quizás ahora que menciono este punto ustedes a su vez traten de imaginarme a mí, pero vamos a estar en las mismas. porque aunque traten de imaginarme, de ubicarme en un tiempo específico yo ya no voy a estar. no voy a estar ni ahora ni aquí. estaré en alguna otra parte. paradero?: incierto.

claro que esto que acabo de decir todavía no se produce, y desde mi posición temporal tengo suficientes motivos para pensar que podría que no sucediera jamás. razones?: la catástrofe natural que siempre me acompaña. pero aquí estamos echándole ganas, tratando de hacer libros, haciéndome güey, que en este caso, como en muchos otros, viene siendo lo mismo.
estupendo, les vendo un cachito de mi personalidad. yo también necesito comida, buen calzado y drogas de calidad. págenme con eso y yo solito arreglaré mis cuestiones afectivas. me dejaré hacer un par de entrevistas a las que prometo no ir bebido. crudo jamás. loaaded or unloaded...? frontera norte. excuse me? vete a la verga, hijo de la chingada. de dónde vienes vato? dos tacos de camarón y un caldo chico. con todo. sobres güero. manejo por la autopista escénica. el tramo de cuota entre rosarito y playas de tijuana. un toyota telcel color crema. no corre mucho pero está chingón. me lo paso muy bien con t. en ese carro. a veces voy yo solo. hay que hacerle seguido limpieza porque enseguida se inunda de botes vacíos de cerveza. hay champurrado calentito, atole de piña...quieres loquear con algo bueno de verdad vato? mira, chicooooo, los hooooombres son fantáaaaaasticos. aunque a veces te golpean. pero son chingones...constitución y tercera. necesito llegar a la f. tacos varios. de qué tiene? ya nada más me quedan de chicharrón, de huevo con chorizo y de picadillo. de chile con queso no? se me acabaron. pues uno de picadillo, por favor. perdón, pasa por la altamira? no güero, no subo hasta allá, me quedo en la gas. pero ahí te lleva el de atrás, ese sí va. electra. agua fresca de piña, de tamarindo. ruta 2? a esta hora ya no hay rutas. ya, y cuando nos vamos? si pagan 23 cada quien nos vamos ahora, si no, a esperar que lleguen dos más. qué onda vatos, le entran? simón. y tú? simón. se arma. órele que estoy cansado. especial a playas, vámonos. a casa. casa?...hijo de tu cempazutchil...quitarle al sarro a los molares es lo mismo que quitarle el polvo al alma. hacer pan, cambiarle los fusibles a los televisores o vender mota. a la verga, mejor me voy a la ballena a tomarme unas chelas. dr. satán: dónde dejaste al saxofonista loco? cambio de ritmo. carne asada...niños four wheel cars surf boards bogiee boards budweisser canned musha exhibition de aggte monterrey cheese donde cárajo hay una tecate?..la botana...la botana. me lleva la verga...ando bien crudo. yo vivir aqui..ya...esposa mexicana...ya...yo venir primero vez aquí cuando yo 16...ya...ahora vivir aquí... yep. vete a tomar por culo, viejo loco de mieda, quiero una cerveza, joder...mire, ELLA es mi esposa, yep...susy, came here, came on susy, bring your beer...the friend is...yep, musho gusto...HI, cómo estás?...yep, digo, bien...oh! ouH! lalá, oH! holy shit!. una chela, me lleva la verga. qué hago yo aquí? chingada madre chingada madre.

ruben bonet

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HOJUELAS SOBRE LA CAMA por Guillermo Fadanelli

Hay una infeliz durmiendo plácidamente en mi recámara. No se trata de una extraña, sino de una mujer que ha vivido conmigo los dos últimos años de mi vida. No me sorprende, por supuesto que no; sólo me basta recordar cuántos años tardé en ir a un dentista después de la primera molestia, o en ir al oculista luego de los mareos causados por la lectura. Así como a otros les parece agradable el ver cómo una vaca se va poniendo gorda o cómo a un árbol le van naciendo manzanas, a mí me seduce el ver de qué manera a todo se lo va llevando la chingada. No voy a defender las sinrazones del relativismo pues cualquiera tendrá una mejor tesis que yo. Lo que quiero decir es que mientras esa mujer duerme en mi cama yo tengo que estar pudriéndome frente a la televisión y masticando una caja de cereal viejo cuyo contenido tardará años en acabarse. ¿Cómo puede dormir tan tranquila? Me imagino que piensa que el día siguiente será exactamente igual al de ayer y también al de hoy. No se equivoca, el paisaje de nuestro zoológico cambia muy poco, a veces se muere un mono, nace un antílope o las jaulas están más limpias, pero en esencia siempre es lo mismo.

Entro a nuestra habitación y coloco una silla frente a nuestra cama. Me desnudo y acomodo mi ropa muy bien doblada dentro del clóset. Ella no percibe mis movimientos porque está soñando con nuevas cremas y autos que van a más de cien en una autopista. Me siento en mi silla de madera y lentamente tiro del edredón que la cubre hasta el cuello: me emociona saber que bajo ese montículo de trapo se encuentra un cuerpo tibio y resistente. Debido a que la perra es friolenta me veo obligado a repetir la operación dos veces más, primero una cobija de lana y después una sábana amarilla: la cobija se desliza torpe, ondulándose como una boa en la maleza, la sábana en cambio vuela como si se la llevara el viento. Ahora está a disposición de mis ojos: su desnudez refutada sólo por sus corrientes pantaletas blancas. Se me ocurre que puedo comer cereal mientras miro su cuerpo, así que voy a la cocina y vuelvo con mi cajita de maizoro. ¿Cómo puede estar dormida si apenas son las dos de la mañana?

El frío en su piel comienza a despertarla e instintivamente busca las cobijas. No hay nada, el edredón, la cobija y la sábana están en mi poder. En cuanto se despabila y tiene conciencia de su situación, comienza a ladrar.

-Devuélveme las cobijas, pendejo -me dice reprimiendo un bostezo. Cómo me gusta su voz. Me gusta tanto como escuchar el sonido que hacen los hielos al caer dentro de un vaso.

-Mientras tú duermes yo tengo que estar dando vueltas de aquí para allá como un león.

-Ese es tu problema, déjame dormir.

Me he acostumbrado a su falta de amor y a su cinismo. En contraparte ella sabe que jamás le devolveré las cobijas si no se me da la gana, no sólo porque tengo músculos más sólidos sino porque soy más obstinado. Ella lo sabe.

-Por cada cereal que atrapes con la boca te devolveré una cobija -le propongo.

-No hagas estupideces, por favor...

Sabe bien que ese no es el camino, ¿no es una estupidez mucho más grande estar dormida a las dos de la mañana? Dejamos pasar un minuto y después ella pone manos y rodillas sobre la cama: es una leona de ancas suaves y tensas.

-Está bien, dame de comer -dice. Le arrojo una hojuela de maíz que rebota en su mejilla, no tiene buenos reflejos, ¿cómo los va a tener si se la pasa dormida toda la noche?

-¡Hijo de puta, no las tires tan lejos! -se queja. Me imagino que mientras ella abre la boca esperando atrapar una hojuela, otro hombre la penetra por el culo -siempre he sido bueno para construir en mi mente este tipo de imágenes. Continuamos nuestra actividad varios minutos más hasta que la zorra cumple con la cantidad convenida.

-Ya está, ahora cumple tu parte -exige. No tengo inconveniente en devolverle las cobijas y las arrojo a sus pies. Ella tira al piso las hojuelas que cayeron fuera de su boca mientras yo me masturbo viendo como va en cuatro patas de un lado a otro de la cama. Una vez concluidas nuestras tareas, ella vuelve a enrollarse en esos absurdos trapos multicolores y yo regreso a la sala para encender el televisor, ¿no es una maldita puta infeliz?

Guillermo Fadanelli

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SERPIENTE BLANCA (por mauricio bares)


—No, no tengo novio —respondió, incapaz de mantenerse quieta por más de dos segundos—. Bueno, sí tengo, pero no puedo seguir con él.

Encendí un cigarro, lo que centró su atención por un momento. Recostó su cabeza en mi pecho. Varias tiras de cabello humedecido por el sudor se acomodaban sobre sus sienes y mejillas. La ronca exhalación del aire acondicionado acariciaba el rocío de nuestros cuerpos, a la vez que parecía arrullarnos, pese a que no teníamos intención ni capacidad para dormir.

—¿Estás segura? —insistí—. ¿No habrá quien quiera romperme la madre?

—Salgo con varios chavos. Pero nada serio. Ni interesante—. Esta vez sus palabras parecían dirigidas a la lámpara o al buró.

—Y por qué no puedes seguir con tu novio.

—Está en la cárcel.

La noticia salía de lo común.

—¿Por muchos años?

—Tres... —escuchamos que intentaban abrir la puerta y permanecimos en silencio. Luego de otro intento por abrir, escuchamos pasos que se alejaban entre improperios—. Tres años con derecho a fianza, según su abogada. Cincuenta mil pesos.

—Pues..., no es mucho.

—No. Pero no lo conseguí. Fui a verlo a la cárcel y le pedí datos de amigos suyos que pudieran ayudarlo y, pinches ojetes, ninguno soltó un peso. Les valió madre. Yo les decía "no mames, es tu brother" y me contestaban que ni pedo, que cuando te toca, te toca.

—Pues ya fue una hazaña lograr que hablaran contigo, si quieres mi opinión.

—Sí, pero pinches mamones, tienen un chingo de varo. No les costaba nada echarle la mano. Te juro que yo casi conseguí los cincuenta mil entre mis amigos. Si los suyos hubieran puesto aunque fuera un poquito, ahora estaría libre... —a ratos su voz sonaba como la de una niña, a veces como una mujer mayor que yo, matices de su personalidad más que de un simple efecto vocal—, aunque de todos modos habría tenido que fugarse de aquí.

—¿Drogas?

—Bueno. Te acepto una raya.

Soltamos una carcajada. No tuve más remedio que levantarme y picar un poco de polvo. El canto de la tarjeta telefónica volvió a martillar contra la cubierta acrílica del buró. Esta vez preparé dos líneas tan largas como pude.

—¿Está en la cárcel por drogas?

—No. Por robo de autos.

—Cuántos años tiene.

—Veintidos. Uno menos que yo.

—Saldría de veinticinco. Podría haber sido peor.

—Es peor. Yo le dije varias veces que no fuera pendejo, que dejara el robo. Pero no podía. Simplemente no podía. El robo era lo que sabía hacer, lo único que le gustaba.

—Lo entiendo muy bien.

—Según él, estaba arrepentido, me decía que no fuera pendeja, que cambiara de vida y estuviera más tiempo con mi chavo...

—Dijiste que él era tu chavo...

—Él se refería a mi chavito, mi hijo.

—Tienes un hijo.

—Sí. Un niño de cuatro años.

—Vaya. Llevan prisa. Demasiadas sorpresas para tres horas de conocernos.

Levantó su metro cincuenta y cinco de estatura, sus cuarenta y cinco kilos de agilidad y, luego de correr la cortina, lanzó su zapato por la ventana. La alcancé allí para ver donde caía. Luego de rebotar un par de veces, se detuvo cerca de mi coche.

—De qué me sirve un zapato. Siempre que salgo por la noche pierdo algo. No mames, cómo pude perder un zapato.

Su risa llenaba la habitación. Afuera, la luna no aparecía por ninguna parte. A lo lejos vimos la parte alta de la catedral, con el relieve de Santiago de Matamoros montado en su caballo, con una mano en las riendas y la otra sosteniendo, de la cabellera, la cabeza recién cortada de un moro. El símbolo de la ciudad. La calle en silencio figuraba a las películas en que la humanidad se paraliza y las calles, con sus señalizaciones, sus tiendas, sus letreros y anuncios, se vacían de significado. De cualquier modo, no es difícil sentir el mismo vacío con las calles repletas en plena tarde.

Sin darnos cuenta, regresamos a la cama. Insistí sobre su amigo en la cárcel.

—Lo visité el día de su cumpleaños. Le llevé un pastelito con una vela, pero ya sabes, primero tienes que pasar por toda la vigilancia. En una prueba, la gendarme, una doña uniformada que no me miró ni una sola vez, me pasó un papelito cerca del ombligo y lo metió a una computadora. En la pantalla había una gráfica de campana con nombres de drogas y sus niveles. Y, no mames, pinche campana empezó a iluminarse y sonó un timbrecito de alarma y todo mundo me volteó a ver. "Caramba, niña, ¿traes droga escondida en la ropa?", me preguntó la doña toda espantada y mirando la pantalla. "No, toda la traigo dentro".

—¿Eso le dijiste?

—Sí. Y luego me preguntó si era adicta a la cocaína y le contesté que no, pero que si me ofrecen una rayita, me la echo...

La sugerencia era obvia, así que preparé otras dos líneas regordetas, animosas. Cada quien aspiró la suya. Sentí miles de pelotitas de unicel flotando dentro de las venas, agitadas por algún soplido. Ella encendió un Grato.

—A veces te meten a un cuarto y te desnudan. Te piden hacer dos sentadillas por si traes algo dentro.

—¿No se pasan de vivos? —pregunté, luego de un trago a un vaso con whisky que teníamos olvidado.

—No. Todo es muy normal.

—Vaya. Las cosas eran distintas hace unos años.

—Resultó que también era el aniverario del penal. Había un grupo de música formado por los presos, y cómo crees que se llamaba el grupo, no mames...

—Cómo...

—"Yo no fui"... —volvió a ganarnos la risa—... Pero no mames, allí no se regenera nadie. Resulta que los pastelitos y refrescos que repartieron en la fiesta se los robaron a un preso que tenía una tienda dentro del penal. El pobre güey se sentó en un rincón todo agüitado. Y todos los demás bailando y cantando con el grupo "Yo no fui" que tocaba bien feo.

De pronto quedamos en silencio. Supe que lo mejor estaba por venir. La noche ya no tenía hora.

—Yo acababa de hablar con su abogada para saber si era posible conseguir una prórroga, porque yo casi completaba la suma. Pero la mujer me dijo que ni madres, que los cincuenta mil ya no servían para nada porque le habían encontrado más cargos. La sentencia sería mucho mayor y no alcanzaba fianza.

—Supongo que no quisiste decirle eso en su cumpleaños.

—No.

De repente el relato se puso triste. Concluí que aquel niño cabrón debía valer mucho como persona, para que alguien hiciera tanto por él. O que simplemente esta niña era una heroína sin comparación. No lo pensé demasiado y me incliné por lo segundo.

Luego me senté al filo de la cama para picar un poco más de polvo. Cuando las piedritas más grandes habían cedido hacia algo similar al talco, con un trazo suave de la tarjeta formé una estilizada letra S, su inicial, alargada y fina, de remates apenas sugeridos. Contra el horror café oscuro de la formica imitando al cedro, la línea lucía hermosa: blanca, esbelta, elegante.

Me puse en pie para que ella pudiera aspirarla a gusto. Pero ni siquiera se levantó. Se deslizó despacio sobre la cama, tomó el billete que habíamos utilizado a manera de tubo y alzó la letra entera de un jalón. Mientras lo hacía, observé su cuerpo grácil y claro tendido sobre la cama y supe que ella era mi línea. No necesitaba más. Sentí el hambre que sólo el vicio conoce y me acerqué a comérmela entera. Nos besamos con un apetito olvidado por la especie. Ella con la insolencia de los cachorros. Yo con la voracidad del macho que lo ha tragado todo. Pero el exceso volvería a anular su origen y no habría más placer que el que mis manos y mis dedos y mi lengua hambrienta le ofrecieran.


Mauricio Bares

 

La vida comienza a los cuarenta

A la edad de seis años imaginaba el día que cumpliría cuarenta: alguien habría de tomarme una foto donde aparecería vestido impecablemente con traje y corbata, anteojos, parado fuera de una casa con jardín, al lado de un auto nuevo y acompañado de mi mujer y tres rozagantes hijos. Por algún motivo, todos éramos rubios.

A los doce, la imagen de mis cuarenta presentaba algunas variaciones: la vestimenta cambiaba hacia la ropa sport y lentes oscuros. Me acompañaba mi tercera esposa y tres hijos de matrimonios anteriores.Posábamos en la playa frente a un enorme yate obtenido mediante algún tipo de estafa. Negras melenas coronaban impetuosas las cinco cabezas. La foto me mostraba con un tatuaje en el antebrazo y la dentadura podrida.

A los dieciocho odiaba la idea de llegar a ser un anciano de cuarenta. Una foto imposible me mostraba dentro de un féretro, carcomido por los gusanos durante diez años.

A los veinticinco, la imagen de mis cuarenta presentaba combinaciones y variaciones de todas las anteriores: como alguien muy parecido al cadáver en su féretro (pero fumando), con los zapatos rotos en vez de un auto, con hojas en vez de hijos, y una máquina de escribir mejor que una mujer.

A los treintaitres me di cuenta de que había vivido rápido, pero no había muerto joven ni dejado un cadáver hermoso. Tampoco estaba dispuesto a morir a la edad de Cristo y Nietzsche. Lo más importante, en todo caso, fue descubrir que sólo me quedaba esperar, pues había cumplido cuarenta muchos, muchos años atrás.

Mauricio Bares

 

¿Y tú por qué bebes?

¿Y tú por qué bebes? ¿Y tú por qué bebes? ¿Y tú por qué bebes? ¿Y tú por qué bebes? ¿Y tú por qué bebes? ¿Y tú por qué bebes? ¿Y tú por qué bebes? ¿Y tú por qué bebes? ¿Y tú por qué bebes?

Bebo por el puro placer de que un líquido se apodere de mi razón. Pero esta es la hora del café. Y yo, como siempre, tomo café. Yo sola. Más tarde vendrá el alcohol. Más tarde. Cuando se aleje el día.

Ella lo dijo, ella advirtió que no dejes que un amante lea tus escritos. Confusión. El deseo confunde todos los porqués. Pero es inevitable. Miéntele. Dile lo que ella quiere oír. Como aquella vez que abriste la puerta y olvidaste llamar.

Deséala. Cuanto más la desees más se alejará. Despacio. Te sonríe. El Dolor que se clava en mi cabeza ya no es dolor, ni resaca, es sólo el estado entre haber bebido y querer beber. Pero hay mediodía.

También hay palabras escritas y repartidas por el mundo. Y apuntes de Ciencias. Cuando dices que nadie leerá esto no sabes si mientes. Pero si mis ojos castaños te lo piden dejarás que lo lea.

No tiene sentido.

A veces Pablo me da la razón. Sobre todo cuando los dos necesitamos beber. Y entonces Jaime se enfada porque gastamos incluso el dinero del taxi por otra copita más. Puede que si intentamos tragar algo sólido lo consigamos. No merece la pena.

¿Qué son veintiséis horas sin comer? Son un poquito más de un día. ¿Qué son veintiséis horas sin beber? Son una, dos, tres, cuatro, ... la desesperación es inevitable.

Todo va tan distinto...

Lo mismo de anoche. Yo ya te lo avisé. Lo quieres ver, pero te da miedo. Quieres hablarle. No sabes qué decirle. Lo buscas con miedo de que esté con su novia, pero en el fondo te encanta esa sensación de que, a veces, la deje por ti. Por el momento puedes confiar en él, ya tendrás tiempo de llorar cuando sea demasiado tarde.

Estoy en una hora indeterminable del día. Sólo sé que no es de noche. Y que estoy en mi casa. Y que tendré que tirar la ropa de anoche. Cualquier otro en mi lugar buscaría un rincón oscuro donde definirse una de esas líneas que te llevan al celo. Pero yo llevo un mes y medio sin darme prisa en provocar accidentes. ¿Enhorabuena? No la merezco; desde entonces fumo el doble.

Echo de menos el parchís después de la primera caña. No sé por qué, esta tarde se volverá a repetir. Desde la primera caña hasta el último Justerini. Pero antes, el café. Ya sabes. La hora del café. La más amarga de todo ese tiempo que sólo sirve para esperar a que se vaya el sol.

La vieja llora desconsolada. No sabe qué ha hecho mal. Sólo sabe que su hija vuelve cada madrugada en un estado lamentable y se marcha por las tardes, después del café.

Después de tomarse el café la hija se va con su ojeras. Le queda la ilusión de que no vuelva. O de que no vuelva a marcharse

Todo se repite. Hasta el punto de saber qué hiciste ayer aunque no recuerdes nada.

***

Ya no sé si es lunes, o jueves, o sábado. Sólo sé que no es de noche. Si fuera de noche, la pluma que hay en mi mano sería una estupenda ginebra con tónica. Pero yo sólo escribo.

Escribir y beber son importantes pilares en más de un mundo. En el mío, no me preguntes el porqué, hay cuatro insustituibles: la poesía, el alcohol, el sexo y el teatro. Ahora que lo pienso, la poesía podría cambiarla por un buen ensayo de Marguerite D. Y el alcohol, hipotéticamente, por un buen café frío. Pero ¿el sexo y el teatro? Quizá la amistad, o la falsa amistad los sustituyan.

Sería demasiado inverosímil.

Podemos volver a aquella mañana de miércoles en la que aún mareada, no podías dormir. Te levantaste de la cama y recordaste que tu madre había tirado todo el alcohol que quedaba en casa. Y te pusiste a cocinar. No cocinabas desde tu cumpleaños. El día aquel en que cumplías dieciséis años y habías vivido ya treinta y dos. Era miércoles y habías cocinado tú. Tu madre al otro lado de la mesa. Su mirada era triste. No sabía preocuparse más por ti. Te decía: más de las siete, eran más de las siete, era de día, ¿no te das cuenta de lo que bebes? Deberías volver a las clases. Más de las siete. Al menos no bebas por la noche, es peligroso, las siete...

Sólo bebo por la noche.

La vieja no lo entendía. Es su hija. Tiene derecho a preocuparse por su palidez.

No quieres ponerte vestidos para que no te confundan con una chica. Pero tú eres una chica. Da igual lo que te pongas. No da igual lo que digan.

Vuelvo a llevar tu pulsera. Espero no perderla. Aquella que compraste con el primer sueldo de tu nueva vida. Hoy, entre caricias, roza otros cuerpos a los que nunca les he hablado de ti. De que una vez existió alguien que sobrevivía a mis naufragios de cristal. Fue un poco antes de dejar de ser buenos. Empezaba algún mes de biblioteca. La pubertad nos abrió los ojos y sentimos miedo. El alcohol no llegó hasta que te habías marchado. Así que no tardamos a escondernos entre las mantas de mi cuarto para vernos crecer. Aunque no me acostumbro a oler los posos que deja la ternura, me gustaría que volvieras a mi cuarto. Ya sabes: libros, ropas, fotos y letras. Y en el centro, la cama. Mi cama. Nuestra cama hace un tiempo. Ahora no duerme nade aquí.

Sólo yo me tumbo en la cama y es para escribir, como ahora. Estoy a punto de que me venza el sueño. Pero ya no duermo aquí. Cuando se acaba la noche y vuelvo a casa, me acurruco desnuda en una esquina de mi cuarto, junto a la mesa. Miro la cama largo rato, mientras el miedo se entretiene flotando en algún sitio.

En contra de lo que parezca, no escondo alcohol en mi cuarto. Sólo escondo los recuerdos del alcohol. Supongo que esto es un recuerdo más.

****

Necesito beber algo. Hoy, en esta hora de café no hay café. Es pronto para beber. Además, mi madre tiró todo el alcohol que quedaba en casa.

No busques culpables, mamá.

Me buscaron actividades porque son buenas para esquivar recaídas. Recuerdos positivos. Y yo pedí el libro que nos unió, nuestra particular biblia, para sentirte un poco más lejos de mi memoria. Funcionó varios días. Pero llegué a la página donde te prometí que novia a luchar, que empezaría a liquidarme despacito, como a sorbos, hasta que nuestra separación me matase. Aunque suelo ser fiel, aquel día vendí mis recetas y recé para que no apareciera nunca otro clavo. Desde entonces llevo meses sin leer aquel libro, el Libro. Y ni siquiera veo la televisión. Me tumbo en la cama y miro fijamente esas fotos de Marruecos tapando la puerta.

Creen que estoy loca.

Creen que necesito el alcohol para vivir y no saben que es cierto.

Pregúntale a Javi cómo puedes ordenarlo. No puedo ordenar mi vida. Es incongruente que tenga que venir otro a dosificarme el alcohol. No tendrá tiempo.

Si me vieras ahora, rodeada de mi mundo. El mundo que yo he creado para mí en este cuarto. No necesito el resto de la casa. Aquí está todo. Alrededor de la cama, toda mi vida y todos mis recuerdos. Mis cuadernos están tirados por ahí; se fingen descuidados como por coquetería. Pero ahora nadie los lee después de hacer el amor. Nadie me ve llorar con la música.

Se acabó buscar cafeterías para escribir poesía sobre servilletas. La luz me hace mucho daño.

*****

Hoy, la hora del café es distinta. Hoy, Justerini con el café. Me hacía falta. Si se acelera el pulso, la bienvenida al alcohol será duradera. El cuerpo se relaja. Es la seguridad de que hoy la noche comienza antes de tiempo.

No le hice caso a ella, tú lo sabes. Dejé que lo leyeras todo menos las pecas de mi espalda, por las cosquillas que me producen tus besos.

No me importa, no necesito que nadie se arrodille junto a mi cama para pedirme que siga viviendo.

No necesito que nadie ordene mi vida, ni mis botellas.

No necesito que nadie comparta conmigo la hora del café; aunque siga esperando a que llames.

No os necesito, pero brindaré por vosotros.



Ana Ruth Estebas



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